El ruido de un cristal me hizo salir disparado como una bala. La calle estaba mojada y a cada paso me salpicaba a la cara.
Veía pasar todo como si de un carrusel se tratara, un hombre cerrando su tienda, una lata cerveza vacía, un vagabundo en un portal, un gran coche con unas grandes ruedas.
Saltando los charcos, esquivando el humo de las alcantarillas y a todos los que por allí andaban, que parecían no verme.
De pronto un frenazo y una fuerte luz brillante que me paralizó unos instantes, el claxon que me hizo reaccionar y seguir corriendo, un agujero, una caja, una pelota, dos curvas y estaría en casa.
Estaba empapado de la lluvia que inundaba el asfalto y las aceras. Sólo una curva más y habría llegado.
Mi portal estaba en frente, apreté la carrera y a diez centímetros de la puerta me paré en seco, en el cristal mi reflejo y en mi cabeza alguien que no creía ser.
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